Así que dicho y hecho nos hemos plantado en la calle General Moscardó, y en el Bar Campanoli hemos pedido medias raciones de los diferentes tipos de caracoles que tenían: En tomate, en salsa picante y a la llauna.

Hay que decir que el caracol es muy agradecido si se sabe trabajar bien, pero en caso contrario es fácil que muestre su lado más amargo, y que por tanto decepcione bastante. Pero esto no ha sido el caso. Los caracoles en salsa picante realmente no nos han dicho nada, porque su expresividad estaba muerta, ni picaban, ni sabían, ni nada de nada. Sin embargo, los caracoles en salsa de tomate estaban bastante bien conseguidos. Una salsa sabrosa, a la vez que suave, con el sabor del tomate natural de fondo (aparentemente nada de precocinados), e intuimos que con un tiempo de cocción elevado para darle esa suavidad que realzaba el sabor del caracol (eso si, éste pobrecillo el campo no lo ha visto ni en fotografías).

Y por último, los caracoles a la llauna, una forma de trabajarlos típicamente catalana, y difícil de ver por Madrid, por lo que la expectación que teníamos era grande. Hay que decir que obviamente no son los de Can Barris, pero hay que poner un notable al cocinero, porque estaban muy bien conseguidos y realmente sabrosos. La mejor opción de las tres variedades (y las más cara con diferencia).

Y para acompañar esta magnífica y sorprendente degustación, hemos aceptado la sugerencia de nuestro camarero: un Finca Violeta de 2006, un vino muy floral en nariz(por algo le habrán puesto el nombre), y con la suavidad propia de la barrica de rioja. Lo cierto es que no conocíamos el vino, pero nos gustó como nos maridó con los caracoles.

Si os gustan los caracoles, merece la pena darse una vuelta por la calle General Moscardó de Madrid